La importancia de una Aduana comprometida con el desarrollo industrial

Categoria: Editoriales | Autor: | Fecha: 20 Diciembre 2006

Por: Aldo Karagozian, Presidente de la Fundación Pro Tejer.

En los noventa y principios del nuevo milenio la política económica buscó alejar estratégicamente al Estado y a sus instituciones -la Aduana incluida- de los mercados a través del proceso de apertura comercial, de las privatizaciones y de una desregulación generalizada. Esa separación del Estado de la esfera económica había sido muy bien diagramada en función de promover los intereses de algunos sectores descuidando a otros sin necesariamente contemplar el interés económico general.

El resultado de esa política fue consolidar un proceso de valorización financiera, en detrimento de un modelo de desarrollo industrial.

Este modelo, que mantuvo un dólar artificialmente barato, destruyó el aparato industrial nacional, y organismos como la aduana fueron funcionales a esta política nacional, que promovió una actividad importadora totalmente descontrolada. Ser funcional no implica que la aduana haya hecho algo incorrecto. Por el contrario, a pesar de lo que muchos técnicos y especialistas dicen, la aduana no se limita a ser un organismo de control, aséptico a lo que ocurre a su alrededor. La aduana es, en todos los países, funcional a la estrategia que el poder ejecutivo fije con respecto a su comercio internacional y emite señales de política claras y determinantes.

Y, hoy en el mundo, la guerra es comercial, y las aduanas y todas la medidas arancelarias y parancelarias, que, con mucha creatividad van apareciendo día a día, son las armas y las herramientas para librar esta batalla. Cada país, soberanamente tiene el derecho y la obligación de velar por sus intereses y ver en qué medida aplica cada una de estas herramientas.

A partir de la devaluación, y con mayor énfasis a partir del actual gobierno, se cambió el paradigma de una apertura ingenua, que ningún país en el mundo practica, ya que los países deciden cuáles van a ser sus sectores estratégicos y los defienden con el mayor de los celos. Y profundizando un poco más, todos los países que hoy se consideran desarrollados, se desarrollaron de adentro para afuera. Como ejemplo, traten de ingresar a los Estados Unidos algún producto que ellos  quieran proteger. Pueden pasar años, y sanciones millonarias, hasta que algún día se abra alguna posibilidad de que algún país pueda penetrar la aduana americana con una importación que resienta su industria. O en el otro extremo, las subvenciones al agro, que le quitan toda autoridad moral a los países desarrollados para exigir el libre comercio que ellos no practican y que condenan a los países pobres que viven sólo de sus campos.

A partir de la devaluación, se instaló en la Argentina nuevamente un modelo productivo, y el gobierno habló explícitamente de reindustrialización. Las fábricas nuevamente se ponen en marcha, se amplían y se modernizan, los puestos de trabajo se vuelven a generar y entramos en un círculo virtuoso de inversión, calidad y empleo.

Dentro de esta estrategia nacional, por su parte, la aduana, así como en  los 90 cumplió el rol que le dictaba la política nacional, a partir de esta nueva gestión, acompañó con su accionar a esta política industrialista. La dificultad ha sido, en estos años, el cambio de cultura. Es muy simple cambiarle el chip a una máquina para que trabaje diferente, pero es muy difícil, cambiar una cultura que durante muchos años prevaleció en los funcionarios de la aduana. Aquí debo reconocer el esfuerzo de la actual gestión en entender este proceso, y en los esfuerzos de capacitación y formación que viene haciendo sobre los funcionarios de planta.

Y aquí, con los hechos, vemos como claramente la aduana, manteniéndose dentro de los límites que la fija la OMC, es funcional a la política dictada por el poder ejecutivo.

En ese sentido, cabe mencionar tres medidas que la actual gestión dictaminó: el establecimiento de los valores criterio, las mayores exigencias de garantías y las aduanas especializadas; todas ellas orientadas a evitar la evasión fiscal a través de la subfacturación que genera, asimismo, una competencia desleal para la industria nacional.

Respecto a los valores criterio, existe aún una incongruencia porque se permite declarar -sin tener que pagar mayores impuestos- precios inferiores al valor criterio siempre que dichos precios no estén por debajo del  80% del valor criterio. De esa forma, se está avalando que se subfacture hasta un 20% del valor real de las mercaderías. Éste es un punto que desde la Fundación Pro Tejer hemos insistido en solucionar.

Si uno analiza los precios de los productos que tienen fijados valores criterio, rápidamente se da cuenta, que estos se acomodaron a un valor levemente superior al 80 % del valor criterio, lo que demuestra claramente que algo no esta bien. Desde la Fundación Pro Tejer, insistimos que el 80 % debe llevarse al 100%, ya que de otro modo, estamos aceptando una subfacturación del 20%, con perjuicios tanto para la industria como para el Estado.

En cuanto a las garantías, en muchos casos todavía la aduana acepta un seguro de caución, y desde la Fundación Pro Tejer, insistimos en que este debería ser una garantía real, que le genere al importador una dificultad adicional, si esta pensando en hacer alguna macana.

No seamos ingenuos, un industrial que decide invertir, enterrar su dinero en ladrillos y maquinas y generar empleo y riqueza en la Argentina, se enfrenta a innumerables barreras y trabas para llevar adelante con éxito su gestión. No me parece justo que un importador se junte con $50.000 para comprar lo que se le ocurra sin ningún tipo de riesgo, a precios ridículos, y destruya el esfuerzo de miles de pymes que día a día pelean por sobrevivir.

Hoy, las importaciones, lejos de haberse amesetado, están creciendo a un ritmo de alrededor del 20 % anual. Por supuesto que la aduana no es responsable de este crecimiento, y la actitud que ha demostrado estos últimos años, de algún modo a desincentivado a aquellos importadores desleales que tanto daño generan.

Por otro lado, estas señales de control, generan en un sector como el nuestro, un fuerte efecto psicológico que incentiva la inversión y la generación de empleo. Hace poco estuvimos en España y contaba un funcionario publico, que se había dedicado estudiar el efecto de las políticas publicas sobre sectores particulares de la economía, y la conclusión a la que llego, fue que mas importante que las medidas en si, son el efecto psicológico sobre el sector que significa que el estado se esta ocupando de ellos.

Las importaciones vienen creciendo a un ritmo acelerado. Este año, en el sector textil, llegaran a los 1200 millones de dólares, superando en casi 100 millones el record registrado en el año 98. La situación actual es de alerta. A diferencia del 98, hoy la industria esta trabajando con un alto índice de uso de su  capacidad instalada (porque quedan menos empresas), y se sigue invirtiendo en nuevos equipamientos, pero la alerta se da, ya que las importaciones están creciendo más rápido que la producción nacional y están ocupando un espacio que podría ocupar la industria nacional.

En síntesis, desde la Fundación Pro Tejer, valoramos este proceso que esta viviendo la aduana, ya que con las medidas mencionadas, además de incrementar la recaudación fiscal, se castiga a los importadores desleales y se incentiva la inversión. Entendemos que este será un camino de evolución  y alerta permanente, en el que la capacitación y formación de todo su personal, concientice a cada uno  de la responsabilidad que implica, la defensa del interés nacional, ya que de alguna manera sus acciones tienen consecuencia en la continuidad laboral y en el bienestar de cientos de miles de argentinos.

No cabe duda, que la misión no es sencilla. El desafío por delante es respetar el rol natural de la aduana, el de garantizar y controlar un comercio leal con el resto del mundo, y a su vez enriquecer y establecer nuevos instrumentos efectivos de control que estén en sintonía con la estrategia nacional de volver a reindustrializar nuestro país.

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Un pacto social que fortalezca el mercado interno

Categoria: Editoriales | Autor: | Fecha: 11 Septiembre 2006

TRIBUNA: En la industria textil, el producto importado está desplazando al nacional. Conviene un acuerdo para no desalentar la recuperación del sector.

Los resultados de agosto de la Encuesta Trimestral de la Fundación Pro Tejer dieron cuenta de una preocupación de la industria: la caída de su rentabili dad. Días después, el ministro Julio De Vido afirmó que los empresarios deben tener una “rentabilidad justa y razonable, por la que el Gobierno velará inexcusablemente”. A partir de ahí, el tema fue analizado por la prensa. 

Más allá de la baja del beneficio, la actual política fomentó la inversión y el empleo y la cadena textil respondió de manera contundente.

Desde 2002, se reconstituyeron 200 mil puestos de trabajo y, a partir del flujo de caja (1.700 mi llones de pesos) de las pymes del sector, se renovó su estructura industrial. El efecto dinamizador de la inversión viabilizó más producción, evitando cuellos de botella en la industria.

Esos mayores volúmenes permiten a las empresas enfrentar las subas en la electricidad, el gas, los salarios y los alquileres, que para muchas, en dólares, son más altos que en el uno a uno. Otros insumos, como el algodón, las fibras sintéticas y las máquinas y sus repuestos, siempre han estado atados al valor del dólar.

Esos incrementos fueron erosionando la rentabilidad.

La evolución posdevaluación de los precios sectoriales, por su parte, se mantuvo por debajo del nivel general, según el INDEC.

La inflación mayorista desde 2002 hasta ahora fue de 181% y los textiles subieron un 165% y la indumentaria un 85%. La libre competencia del sector explica en buena medida ese comportamiento.

Ello convive con una pronunciada suba de la importación. Las proyecciones de Pro Tejer señalan que a fin de año esas compras superarán el pico de 1998 (1.112 millones de dólares).

La consecuencia de este fenómeno, donde el porcentaje de crecimiento de la importación prácticamente dobla al de la demanda nacional, es el desplaza miento en nuestro mercado del producto nacional por el importado.

Afortunadamente, estas señales de alerta no se han transformado aún en una crisis. El modelo ha sido exitoso. Primero, la política económica recompuso la demanda; ello derivó en altos volúmenes de producción.

En una segunda fase ­aún vigente­, el modelo redistribuye los ingresos, sosteniendo el crecimiento de la demanda. Hasta acá hay una comunidad de intereses que promueven el bienestar general.

El virtuoso ciclo de altos volúmenes, reinversión, generación de empleo y bajo beneficio, no obstante, debe entrañar un pacto social ­entre Estado, traba jadores y empresas­ que mantenga un mercado interno forta lecido, donde la recomposición del poder de compra retroalimente la demanda de la industria nacional. Así, se evitará que los aumentos de salarios terminen beneficiando a las empresas y empleados del exterior a costa de los industriales y trabajadores de Argentina.

El desafío es manejar el delicado equilibrio entre la recomposición del poder adquisitivo y la conservación de un modelo que siga despertando el interés de las empresas por ampliar su capacidad productiva y generar empleo.

Aldo Karagozian
Presidente de la Fundación Pro Tejer

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La calidad como concepto industrial integrado

Categoria: Fundación Pro Tejer | Autor: | Fecha: 24 Julio 2006

Parte 1 - Por Alvaro Miró

Mucho se habla de calidad. Se entiende que la calidad es una propiedad deseable por parte de los usuarios, pero por que?. Qué es lo que hace que a medida que transcurre el tiempo, las exigencias de calidad sean mayores?. Cual es la medida de la calidad desde el punto de vista del usuario final?.  Grandes preguntas para contestar. Hay factores muy fuertes ligados a la creciente educación del consumidor (cuando este es un consumidor final, de la calle), hay tecnología de punta que exige mucha calidad estructural de los materiales que procesa, la cual antes no era necesaria. Esto particularmente ocurre cuando le vendemos hilado a un tejedor que posee alta tecnología con altas velocidades, donde no hay casi margen para las fallas en los hilados o cuando aparecen nuevos procesos de ennoblecimiento y terminación de tejidos que exigen mayor uniformidad de los productos crudos, etc.

Por lo que vamos viendo existe la calidad definida por el usuario quien, por tener acceso a productos de diversos orígenes con más facilidad que hace 20 años o por efecto de la globalización de los mercados, ahora puede juzgar con mayor criterio y conocimiento una prenda o cualquier producto de uso común y cotidiano. También existe una calidad dictada por la tecnología de procesos, que es una calidad “dura”, de plantas, cuya definición pasa casi exclusivamente por la ingeniería de procesos.

Cuál es entonces “la calidad”?

Como en todas las cosas, cuando hablamos de algo en concreto: Calidad, Rendimiento, Excelencia, Eficiencia, etc, resulta absolutamente imprescindible definir la extensión y comprensión del término que encierra el objeto de nuestra charla. En éste caso deberíamos partir de una definición del término “Calidad” que sea coherente con nuestras vivencias, con nuestra cultura, con nuestras necesidades, que sirva para orientar a quienes se hallan del lado de la manufactura y el diseño para lograr ese producto deseado por el consumidor final. Y aquí es que nos damos cuenta que cuando nos hallamos discutiendo acaloradamente si la calidad es esto o si la calidad es lo otro, en realidad no estamos sabiendo exactamente de qué hablamos.

Debido a nuestra formación o deformación, nuestro criterio como usuarios finales de la calidad es sumamente visceral, a veces cholulo y no racional, por lo que necesitamos es establecer una calidad racional que asegure el éxito de nuestra producción y que permita conocer los riesgos de esa calidad, sus costos de base y de gestión. O sea: necesitamos definir la calidad de tal forma que automáticamente quede determinado un sistema, una estructura para lograr esa calidad, que sea cuantificable en costos, tiempos y materiales y que finalmente genere un producto que satisfaga al cliente. En parte, esto es lo que nos suguieren las normas de aseguramiento de la calidad como la ISO 9000.

Por ejemplo, hoy es común creer que la sola certificación por una norma de aseguramiento de la calidad garantiza “per omnia secula seculorum” la calidad del proceso y del producto, como si hubiésemos activado el piloto automático en un avión, y que por lo tanto lo que sigue a partir de la certificación es relajarse y ver pasar la calidad debajo de nuestras narices sin casi realizar ningún esfuerzo. Nada más alejado de la realidad. Nada más peligroso que esta suposición.

Como sea: lo primero es lo primero y debemos definir “calidad” en nuestros términos técnicos, para lo cual, antes de echar mano a tanta bibliografía y leyenda disponible tendremos que aclarar nuestra mente en lo que hace al puro concepto intuitivo de la calidad.

El término “calidad” es sumamente huidizo, principalmente porque ha tenido una constante evolución en el tiempo, y siempre ha sido deformado por los “jingles” publicitarios y otras malas costumbres.

En mis cursos a diseñadores siempre comienzo con un brain storming para determinar el grado de adecuación del concepto personal de la calidad que cada alumno tiene respecto de lo que la realidad actual impone. Siempre da bastante mal.

Al día de hoy en nuestro medio consumidor, se sigue relacionando fuertemente la calidad con la durabilidad, con la calidad (nobleza) de los materiales componentes, y con la marca. Esta es la calidad “de la abuela”, este es el concepto de calidad de la preguerra. Hoy el moderno concepto de la calidad lo delineó el sistema japonés de la posguerra:

“Un producto es de calidad si satisface las necesidades y expectativas del cliente”

Y aún más:

“Un producto de calidad es aquél que le produce a la sociedad una pérdida mínima”

Esta última definición de la calidad, originada en Genichi Taguchi, contiene a la anterior y le agrega la implicancia de la ecología, del medio ambiente, etc.

Digamos que la primera definición está enfocada directamente a lo comercial, a corto plazo, mientras que la segunda agrega la supervivencia del mercado a largo plazo.

Sin duda, la motivación para la calidad no es otra que poder vender el producto bajo condiciones más seguras y duraderas. Al decir de Goldratt: “la meta de toda empresa es la de ganar dinero”.

Quedémonos con la primera definición y consideremos la composición de la misma.

La respuesta a “Por qué la calidad” entonces es que a través de ella podremos tener ventajas comparativas y competitivas y por lo tanto lograremos hacer mejores negocios.

La siguiente pregunta sobre cuál es la medida de la calidad se contesta también a partir de la satisfacción del cliente. Pero como gran parte de la calidad del producto existe gracias a propiedades del mismo producto, lo que necesitaremos será “traducir” esas necesidades del cliente a variables de la producción, las cuales indefectiblemente se transferirán al diseño.

¼br /> El concepto moderno de la calidad parte de que la calidad de un producto debe existir en el diseño. Lo que no esté en el diseño no estará en el producto final, salvo parches intermedios aplicados en el proceso que nunca son todo lo efectivos que se desearía y siempre son caros y disturbadores de la planificación del proceso.

Siempre digo que el diseño es como el ADN de un ser vivo. Lo que está en el ADN estará luego en el ser vivo y le dará la personalidad y calidad. Lo que no esté en el ADN no formará parte de las características de ese ser.

El ADN de un producto, a nivel industrial se denomina “Ficha Técnica de Producto”.
Existen técnicas muy actuales y muy efectivas como el QFD (Quality Deployment Function) o el FMEA (Fault Mode and Effect Análysis) que permiten ir transfiriendo los conceptos volátiles de la calidad exigida por el cliente a variables concretas de procesos.  Así, el concepto de “Abrigado” o “Suave” o “Caída/Cuerpo”, “Cómodo” pueden ir desgranándose en variables de proceso referidas a ajustes de máquinas, características de materias primas, modos de trabajo, etc que pueden ser documentados y transformados en valores concretos y estandarizados de procesamiento.

Estas técnicas son de una complejidad bastante interesante y exigen, para su aplicación efectiva, de empresas que ya posean un determinado nivel de organización y conscientización en temas de calidad. Generalmente estas técnicas son recomendadas por toda la bibliografía que apoya a los sistemas de aseguramiento de la calidad.
En una próxima entrega podremos hablar de la forma en que se debe encarar, desde la Gerencia de una empresa el tema del desarrollo de sistemas para la implementación de sistemas de calidad.

Alvaro Miró es Asesor Industrial en Gestión de Calidad y Producción. Quality Manager certificado por la DGQ. Ex Docente de la UTN en materias como Estadística Textil e Informatica Textil. Docente de Donato Delego en Calidad y Costos para Diseñadores.
Conferencista, columnista y escritor de varios libros sobre el tema.

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Educación y trabajo: Un aporte para el debate de la nueva Ley de Educación Nacional

Categoria: Editoriales | Autor: | Fecha: 12 Julio 2006

La necesidad de una trayectoria hacia la confluencia

Por: Ariel Schale

Educación y trabajo representaron por mucho tiempo realidades bastante separadas en múltiples aspectos. Desde el campo educacional, durante larga data, la educación fue sinónimo de educación formal o regular, desarrollada en un espacio único y específico -el aula- y durante un período acotado de la vida -la niñez y la juventud-, casi exclusivamente. Lo otro era formación profesional o capacitación para el trabajo. Incluso en el mismo campo de la educación formal se registraba la presencia de una modalidad desvalorizada académicamente y minimizada cuantitativamente: la educación técnica.Educación y trabajo representaron por mucho tiempo realidades bastante separadas en múltiples aspectos. Desde el campo educacional, durante larga data, la educación fue sinónimo de educación formal o regular, desarrollada en un espacio único y específico -el aula- y durante un período acotado de la vida -la niñez y la juventud-, casi exclusivamente. Lo otro era formación profesional o capacitación para el trabajo. Incluso en el mismo campo de la educación formal se registraba la presencia de una modalidad desvalorizada académicamente y minimizada cuantitativamente: la educación técnica.

Desde el mundo del trabajo, por su parte, la educación era mirada con desconfianza y, en ciertos casos, hasta con desprecio puesto que se entendía que la mejor, y quizás única, manera de prepararse para el trabajo era “aprender haciendo” y lo que importaba era el acceso a un entrenamiento específico y el desarrollo de habilidades y destrezas exclusivas para un puesto de trabajo. La habilidad refería al “saber hacer” y el conocimiento se confrontaba con la práctica porque allí se aplicaba.Los cambios operados en los procesos productivos y en la organización del trabajo generaron que las trayectorias de la formación educativa y de la formación laboral no pudieran seguir discurriendo por separado, so pena de caer en un esfuerzo que implicara esterilidad formativa y capacitadora.

Un rápido paneo por aquellos cambios nos muestran que:

a) Mientras la evolución creciente de la demanda que caracterizó a las épocas pasadas permitía la estandarización productiva  y comercial, hoy la creciente diferenciación exigida y la imposibilidad de sostener stocks considerables de productos heterogéneos reclama la producción a medida. Ésta requiere de una ajustada articulación entre el avance tecnológico     -que ofrece respuestas y soluciones a estas nuevas exigencias- y la modernización de la gestión operativa y comercial.

b) Entre los múltiples cambios, la sociología industrial ha podido proclamar el fin de la racionalización de tipo taylorista y fordiana y su sustitución por un nuevo modelo de producción industrial cuyos fundamentos son la flexibilidad y los nuevos métodos de organización de los trabajos adaptados a mercados siempre cambiantes y heterogéneos, y a tecnologías blandas.

c) La configuración y el contenido de las ocupaciones se han vuelto más complejos, siendo que los empleos requieren más conocimientos y menos habilidades físicas, al tiempo que se ha enriquecido el contenido de los trabajos y se amplía la gama de funciones desarrolladas por todos los trabajadores.

d) En muchos sectores de actividad, el crecimiento de la productividad es propiciado cada vez más por la adopción de nuevas tecnologías antes que por la creación de puestos de trabajo adicionales.
 

De este modo, encontramos que:

• frente a la repartición funcional estanca se instaura una creciente responsabilidad y autonomía del trabajador, a partir de saberes técnicos multidisciplinarios y conocimientos generales transversales;

• frente a la parcelización fordista se reclaman las polivalencias o ampliación del campo de acción individual;

• frente a la rigidez jerárquica se espera mayor autonomía y creciente comunicación interdisciplinaria con priorización de las tareas de coordinación y animación;

• frente a los conceptos estáticos de transferencia de tecnología y control de la calidad en el área de producción, se visualiza una conceptualización dinámica según la cual la tecnología se gestiona -cuando no se crea- y la calidad se construye desde el inicio y durante todo el proceso.

Todo esto conduce a un cambio radical del perfil ocupacional, a la exigencia de nuevas competencias y aptitudes -hasta ahora desconocidas o desvalorizadas-, que acercan la formación del trabajador a la formación del ciudadano y a la inexistencia de un determinismo tecnológico.

Si bien estos cambios resultan radicales, su aplicación no es masiva ni uniforme y conviven organizaciones industriales y empresariales del más diverso perfil tecnológico y organizacional; junto al reducido -desde el punto de vista cuantitativo- porcentaje de empresas dinámicas e innovativas coexiste un número ampliamente mayoritario de microempresas de producción artesanal y cuyo acceso a las nuevas tecnologías es casi imposible. Paralelamente, la pauta tradicional de empleo permanente, estable, remunerado y de plena dedicación cede cotidianamente terreno ante la movilidad constante de los puestos de trabajo, al interior de la empresa y entre empresas y ramas de actividad, alternando períodos de empleo y desempleo, en condiciones dependientes o -cada vez en forma más intensa- por cuenta propia, en el sector estructurado o no de la economía.

Ante esta heterogeneidad e incertidumbre, el ingreso en el mundo del trabajo pasa incuestionablemente por contar con la mejor y más moderna formación, disponer de más y mejores conocimientos. Por ello, estar apto para el cambio y el aprendizaje permanente se transforma en la condición básica de la empleabilidad.

Considerar la educación y la formación en relación con la cuestión del empleo no significa que se reduzca la educación y la formación a una oferta de cualificación. Su función básica es la integración social y el desarrollo personal, mediante la internalización de valores comunes, la transmisión de un patrimonio cultural y el aprendizaje de la autonomía, la creatividad, la solidaridad requerida tanto para el desempeño productivo como para el ejercicio de la ciudadanía.

De esta manera, concebir la educación para el trabajo demanda la atención de, por los menos, tres niveles de integralidad:

1. De objetivos: la utilidad de la educación para el trabajo es tanto individual como colectiva por lo que debe proveer a la formación conjunta del ciudadano y del trabajador, articulando la realidad y los requerimientos del desarrollo económico con la equidad social y promoviendo la integración de todos los grupos y sectores a la dinámica y a los beneficios del desarrollo. O sea, fortalecer la transformación y la modernización productiva y tecnológica, procurando la eficiencia y la calidad pero, simultáneamente, asegurar que todas las personas adquieran las competencias necesarias para su inserción y adecuado desempeño laboral;

2. De contenidos: las barreras entre lo manual y lo no manual, y entre el pensamiento y la ejecución se han modificado. El conocimiento en sentido amplio puede definirse como una acumulación de saberes fundamentales, de conocimientos técnicos y de aptitudes sociales. Es la combinación equilibrada de ellos la que le da a la persona el conocimiento general y transferible al empleo;

3. De medios, recursos y estrategias: desde la escuela primaria es posible aportar para el dominio de los códigos básicos de la modernidad por lo que es fundamental establecer un continuo del proceso de enseñanza-aprendizaje que se inicia en la niñez y continúe a lo largo de la vida, pero también un continuo entre la familia, la educación formal, la formación profesional, el sector productivo, la comunidad, etc. Aprovechar e integrar los ámbitos, nacionales con los provinciales y/o locales, compartir el financiamiento entre el sector público y el sector privado e integrar la educación para el trabajo a las políticas activas para el desarrollo requiere la participación de todos los actores sociales. Y, por último, combinar estrategias de formación inicial y masiva con acciones coyunturales así como apelar a la formación escolarizada pero también a metodologías de enseñanza a distancia, multimediales, etc.

Dicho de otro modo, formar para la empleabilidad, significa en primer lugar aportar una amplia base científica y tecnológica que permita a hombres y mujeres responder al qué, al porqué y al para qué de la actividad o el proceso a emprender y, en segundo término, incluye el aporte de una orientación e información sobre el mercado educativo y de trabajo que despliegue la diversidad de alternativas, sus exigencias y sus posibilidades. Y, complementariamente, debe extremar los esfuerzos para fortalecer la responsabilidad, la capacidad de cada persona de gestionar su propio itinerario profesional.

Por lo tanto, el fomento a la empleabilidad mediante el desarrollo de competencias que disminuyan el riesgo de la obsolescencia y permitan a hombres y mujeres permanecer activos y productivos, no necesariamente en un mismo puesto o actividad, es el mayor desafío al que se enfrenta la educación para el trabajo en estos tiempos y convoca a la inversión de recursos financieros pero también de capacidades y solidaridades de individuos, empresas, Estado y de la sociedad en general.

La situación actual

Las concepciones y las categorizaciones sobre competencia laboral son diversas pero todas refieren a la intersección entre conocimientos, comprensión y habilidades que se miden en términos de desempeño o capacidad comprobada de realizar un trabajo en un contexto determinado. 

Ahora bien, aparece entonces con claridad que el diseño y la implementación de una estrategia de difusión de competencias laborales deben estar adecuadamente contextualizados, y que sin este requisito, el riesgo de quedar desfasado, no ya en el tiempo, sino en el espacio social, es muy alto.

El derrotero social y económico vivido por la Argentina a lo largo de las últimas dos décadas no dejó indemne a ninguna región del país, trastocando de lleno las realidades sociales, económicas y culturales de cada una de ellas. La reestructuración productiva, tanto del campo privado como del ámbito público, significó una piedra de toque para comprender el presente de cada sociedad y de cada entramado productivo local.

Desde la relocalización de actividades industriales hasta la nueva configuración de la red ferroviaria, pasando por las mutaciones agroproductivas que responden a la demanda internacional, el contexto local se va reconfigurando continuamente, y muchas veces (o siempre) la nueva configuración no se ve correspondida con la adecuación plena de la estructura de servicios que atiende a esa sociedad local. Y en esto, la conformación y el funcionamiento de la red educativa no son la excepción.

Las variaciones productivas han originado que el desfasaje entre currícula y concreta demanda de empleabilidad se haya ido ampliando progresivamente. Desde la formación secundaria, las escuelas agrotécnicas hasta los institutos de formación superior, la estructura global de la educación sufre un distanciamiento creciente con relación a las realidades locales (donde están instalados los establecimientos de la red productiva), dando espacio al desfasaje mencionado.

Al tiempo, se manifiesta un doble proceso: por un lado, la migración de jóvenes que desean estudiar, quienes se dirigen (“a volver” o no) hacia las ciudades universitarias más importantes, y por el otro, el abandono de los estudios aún en el nivel medio, por parte de quienes saben que por su situación económica no podrán continuar con una carrera universitaria (que en el imaginario colectivo es, en esencia, el verdadero estudio, el que le abrirá las puertas para insertarse laboralmente).

Ubicada entre ambos procesos, el sistema educativo no ha logrado hasta la fecha encontrar como interlocutores a los actores del segundo grupo. Los migrantes por estudios son, grosso modo, integrantes de las capas medias y medias altas de las localidades del interior de nuestro país, contando por ello con medios económicos y culturales que les permiten captar las ofertas de capacitación exteriores a su comunidad. Por su parte, los jóvenes que se quedan en la comunidad, ya sea habiendo terminado su secundario o habiéndolo abandonado, encuentran un horizonte más oscuro, pues a la crisis económica local deben agregar su falta de formación para alcanzar algún empleo, tanto a escala local como en otro espacio, si es que también deciden migrar.

Paralelamente a esto, la estructura productiva realmente vigente en esas comunidades locales tiene también, como en cualquier otra parte, una demanda concreta y específica de empleo, reducido en número quizás, pero cada vez más capacitado. Esto se sustenta en los cambios operados en el mundo del trabajo que hemos mencionado páginas atrás, y que no eluden a la realidad nacional.

Ante esta situación, el sistema educativo nacional encuentra la oportunidad de fungir como nexo coordinante entre la demanda efectiva de la estructura productiva local y la demanda potencial de capacitación por parte de la comunidad para acceder a un puesto de trabajo.

La concreción de este grado de coordinación implica el desenvolvimiento de una política de capacitación flexible, dinámica, atenta a los cambios en los paradigmas productivos, adecuada para captar la demanda de la estructura productiva local, no enquistada en estructuras burocráticas fijas y que ralentizan la coordinación. Implica, en otras palabras, la interacción permanente entre la red educativa, la estructura productiva y la comunidad local.
Propuestas y objetivos

Considerando la importancia de que el sistema educativo logre articularse eficaz y eficientemente con el entramado productivo y con la sociedad local, se proponen aquí el diseño y la puesta en marcha de un mecanismo de captación de demandas de empleabilidad por parte de los principales sectores de actividad y de las principales empresas locales, a efectos de, a partir de la sistematización de tales demandas, asentar las bases de un programa de capacitación ad hoc y a término.

No se trata de conformar nuevas estructuras capacitadoras, fijas y burocráticas, sino de buscar, apelando a los principios de flexibilidad, adecuación, eficacia y eficiencia, la identificación de la demanda concreta existente (para el siguiente lustro y la siguiente década) en la estructura productiva local, en lo atinente a cantidad y cualificación del empleo. Sobre la base de la identificación y sistematización de esta demanda, se podrá diseñar un conjunto de instancias de capacitación para la población local, que reúna determinadas características (oportunamente definidas) y que pueda satisfacer aquella demanda potencial.

Esas instancias capacitadoras deberán estar estrictamente interrelacionadas con la realidad local, pues a ella responden, pero sin perder de vista una capacitación de horizonte más amplio, en concordancia con lo expuesto páginas antes. Por otro lado, tanto la autoridades de la red educativa nacional y provincial como la sociedad local, deberán ser plenamente concientes de que la instancia capacitadora será temporal, es decir, cubrirá la capacitación de una determinada cantidad de actores (concordante con la perspectiva de demanda empresaria recabada) y luego finalizará. Con esto se evita la creación de superestructuras burocráticas, el aumento de costos fijos y el anquilosamiento institucional.

Los objetivos principales que se pretenden alcanzar con esta propuesta pueden sintetizarse en:

a) Afianzar la interrelación entre red educativa, entramado productivo y sociedad local

b) Acercar el ámbito educativo al ámbito empresarial

c) Fomentar la adquisición de nuevos conocimientos y nuevas habilidades a un segmento de la población que carece de medios para la continuación de estudios superiores

d) Contribuir a la lucha contra la exclusión social

e) Aportar elementos para ralentizar la migración de jóvenes hacia los grandes centros urbanos

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Fortalezas

Categoria: Fundación Pro Tejer | Autor: | Fecha: 22 Marzo 2006

¿Cual cree Ud. que puede ser nuestra mayor fortaleza a nivel sectorial para diferenciar nuestros productos y ser más competitivos internacionalmente?

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Acuerdo de Precios

Categoria: Fundación Pro Tejer | Autor: | Fecha: 22 Marzo 2006

¿Ud. piensa que el sector está en condiciones de comprometerse a mantener un acuerdo de precios con el Gobierno?

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